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¡Si no cambiamos la forma de hacer política, nos vamos todos por el voladero! por Luis Guillermo Echeverri Vélez

Madrid, Cundinamarca
Septiembre 12 de 2021

Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez.
Abogado, Economista Agrícola.

Si no cambiamos ya mismo la forma de hacer política, jamás vamos a salir de la cultura individualista que solo nos lleva desbocados y a golpe de engaños, a la miseria y al empobrecimiento colectivo.

Convengamos que, si la política importa y construye, la Politiquería Destruye. La primera se soporta en obrar de manera edificante sobre principios, valores e ideas, la segunda en la perversión del engaño y la mentira con el fin de aventajar a los demás.

Los intereses del Estado tienen que estar por encima de toda otra consideración individualista, familiar, de grupo, partido, religión, secta, creencias, dialéctica o demagogia, que no aporte al progreso de la colectividad. Para garantizar el interés general y el bien común están las instituciones, pero estas tienen que ser honradas y respetadas por la conducta de quienes tienen la responsabilidad de ponerlas al servicio de todos.

Espectáculo grotesco el que están dando viejos y nuevos “muñecos” que posan de líderes y operadores políticos. Es penoso observar, de cuanta protervia son capaces los “rencauchados” al igual que las altivas figuras emergentes que hoy juegan a ser dioses con tal de aparecer en redes, medios y noticiero, diciendo inconsecuentes sandeces o proponiendo ilegalidades.

Está el país convertido en una gallera de perdedores, donde cada picotazo y cada espolazo son enmarcados con gala por el histrionismo de quienes ejercen la comunicación mediática, tan infestada de la desvergüenza, que deja de lado toda consideración a la consolidación de una cultura ciudadana sustentada en conocimiento y estudio de los problemas y sus soluciones.

Hoy en este teatro del clientelismo, solo se valen de la escandalera continua para aumentar las audiencias a cuenta de generar sentimientos de fuerte rechazo y descontento general, apelando al morbo colectivo asociado a la indignación ciudadana.

La promesa del cambio motivado por angurria y resentimiento social e institucional, no cambia nada. Los cánticos populistas, vengan de cualquiera de los extremos, medran en la misma canoa del descontento social y se nutren unos a otros; son “burudanga” para las angustias sociales que despiertan en mayor insatisfacción y desespero colectivo.

Las falsas promesas asociadas al ejercicio del clientelismo son la apelación a la inconformidad de grupos y audiencias causada por el engaño generalizado de toda una clase dirigente irresponsable integrada según conveniencia, tanto por el oficialismo como por la oposición.

Y a todas estas, el ciudadano trabajador se ve obligado a beberse un torrencial de comunicaciones monotemáticas sobre corrupción politiquera, que, en lugar de instruirlo y generarle experiencias positivas, resulta influenciado de forma nefasta por medios y redes sociales, de tal manera que aumenten sus frustraciones, pues lo que se presenta es solo un circo mediático con diarias representaciones magistrales sobre la mentira y el engaño social.

Mientras no cambiemos la forma de hacer política en este país, mientras no pongamos el interés general por encima de los intereses individuales, mientras las candidaturas a presidente, magistrado, congresista o a barrendero, solo sean monumentos a la egolatría y al beneficio personal y no vocación de servir, mientras el elemento transaccional del mercado político no sean ideas que construyan sino componendas por puestos públicos con el objetivo de cobrar favores u obtener contrataciones públicos, asesorías o consultorías inoficiosas, temporales e inocuas: “La Mona aunque la vistan de seda, Mona se queda”.

El clientelismo sin duda señores no solo es la máxima expresión del individualismo que se comió viva la vocación de civismo en este país. El clientelismo solo genera corrupción y destrucción de valores, es la forma más clara de auto-engaño social.

Entendamos que nuestra cultura politiquera está directamente correlacionada con la administración perpetua del empobrecimiento colectivo. Si no cambiamos la forma en que se ejercen los poderes públicos en Colombia, el país entero termina en la vil cañería, como ya le pasó a Venezuela.