viernes, febrero 2, 2024
Colombia

EL TESTIGO. Por: Hilda Lorena Leal Castaño
Defensora de Derechos Humanos
@castao_leal

Hoy encontré un interesante artículo cuyo autor es P. Antonio Rivero L.C. “El valor de la verdad” y me permitió hacer esta pequeña reflexión que comparto, ya que me llamó profundamente la atención que inicia con esta frase “La mentira es una tacha infame en el hombre” (Eclesiástico 20,26), y finaliza enseñando lo que considera los verdaderos frutos y cosechas de la verdad, como lo es la libertad, la apertura, receptividad, coherencia, que aunque a veces es dulce y otras amarga, se defiende y habla por sí misma.

Esto hace imposible no detenerse un poco en lo que pasa ahora en el mundo, y cómo los seres humanos han perdido uno de los mandamientos más importantes que nos regaló Dios, y con ello atropellan la virtud más importante que podemos tener; la caridad, que entre otras cosas “me lleva a no divulgar lo que pueda dañar o herir al prójimo” sobre todo cuando se sabe que lo dicho no corresponde a la verdad.

En las actuales épocas pareciera que no es posible vivir sin la mentira, nos rodea una sociedad permeada por ella en la que hace carrera la falacia de las “mentiras blancas”, también están las “otras mentiras”, que cuenta con una identidad superior por el daño que se consuma, es utilizada por aquellos para justificar graves crímenes en nombre de la Paz, enfilando sus esfuerzos en la destrucción de vidas, afectándose con ello la dignidad que es el bien más preciado de una persona, así como su honra y buen nombre, derechos no menores pues además cuentan con un estatus de protección internacional, y a pesar de esto son los más vulnerables y expuestos.

Esto no es otra cosa que una violación a los derechos humanos que también son fundamentales, perpetradas por aquellos que realizan calificaciones mal intencionadas, en algunos casos bajo el aparente ejercicio “legítimo de libertad de opinión o expresión”, y en otros el verdadero encubrimiento de graves fechorías.

Esta realidad nos acerca quizá a uno de los mejores discursos escuchados en las Naciones Unidas (2 dic 1978) el de San Juan Pablo II, a quien reconozco como uno de los más importantes defensores de los derechos humanos de los últimos tiempos, y aunque fue pronunciado hace más de cuatro décadas, sigue estando vigente por esto que es lo que más impacto me generó.

Dijo que: “En el mundo, tal como lo encontramos hoy, ¿qué criterios podemos adoptar para conseguir que los derechos de las personas sean protegidos? ¿Qué fundamento podemos ofrecer como terreno en que puedan desarrollarse los derechos individuales y sociales? Sin duda alguna tal fundamento es la dignidad de la persona humana”.

También expresó que “Es precisamente en esta dignidad de la persona donde los derechos humanos encuentran la fuente inmediata. Y es el respeto a esta dignidad lo que mueve a protegerla en la práctica. La persona humana, hombre y mujer, incluso cuando yerra, “no pierde su dignidad de persona, y merece siempre la consideración que se deriva de este hecho” (Pacem in terris, 158).

Este derecho a la dignidad a veces no se reconoce en el otro por aquellos portadores de las “conciencias adormecidas o anestesiadas” qué a través de la manipulación social, materializan verdaderas actividades de criminalización que incluso han llegado a permear la justicia con este mal que también se puede reconocer como la “fabricación de culpables”, una causa que por más de una década, ha sido parte de mi labor para la promoción y defensa de los derechos humanos en especial el respeto por las garantías judiciales.

¿Quién no ha sido señalado alguna vez en su vida de algo injusto? Pocos serán los que puedan levantar su mano para dar respuesta a esta pregunta, pero la realidad es que esto ha provocado que inocentes queden privados de su libertad, con el agravante que para este flagelo no exista un verdadero mecanismo proporcionado por el Estado para proteger a las víctimas, que en muchos casos se dirige sin clemencia a quienes defendemos los Derechos Humanos.

El valor de verdad hoy más que nunca cobra una gran importancia, cuando frente al imperceptible pero no por ello menos grave y peligroso para la democracia de un país, se lesiona, alcanzando niveles de estigmatización en contra de los abogados, quienes permanentemente son intimidados, hostigados, interfiriendo ilegítimamente en su ejercicio profesional, con la misma estratagema de usar el “testigo”, como elemento esencial para el propósito de criminalización en la labor desempeñada, y dejando sin garantías el derecho de defensa, pues finalmente terminar siendo confundidos con las causas de sus clientes; violándose también los Principios Básicos sobre la Función de los Abogados(ONU, sep. 1990)

Los juicios temerarios, la murmuración y difamación, no pueden ser normalizados, la calumnia constituye una conducta de la mayor gravedad, que no importa cuánto hagan para disfrazarla de verdad, nadie puede escapar a lo que se ha prometido, “Yo os digo que hasta de cualquier palabra ociosa que hablaren los hombres han de dar cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras habrás de ser justificado, y por tus palabras, condenado” (Mateo 12, 36-37), pero a pesar de todo nos dieron un gran regalo, y es que siempre existe la oportunidad de inclinar “la propia voluntad a hacer el bien y a evitar el mal”.

Hilda Lorena Leal Castaño
Defensora de Derechos Humanos
@castao_leal