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La agonía del Partido Liberal

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Con base en un capítulo que escribí para el libro “Humanismo Latinoamericano” (Thémata, 2017), haré algunos comentarios sobre el Partido Liberal colombiano, de la mano de Luis López de Mesa, humanista renombrado en la primera mitad del siglo XX; en su obra Civilización Contemporánea (1926) se muestra como un verdadero mensajero de la llamada Generación del Centenario y sus apuntes parecen realizados desde las escalinatas del Congreso de hoy o al interior de los conciliábulos del Directorio Liberal.

Por su vigencia, tocaré algunos tópicos referentes a este partido; lo expresado en 1926 parece calcado en nuestro momento: “Si consideramos la decadencia actual del liberalismo en todas partes, nos damos cuenta de que ese partido no tiene aún conciencia clara de su nueva misión y se agota, por consiguiente, en la discusión de ideales que ya no tienen fuerza ejecutiva. El representó una tendencia hacia “la amplitud de ideas” en el siglo XVIII y contribuyó a desencadenar esos gigantescos cataclismos sociales, dolorosos y fecundos de que surgió la democracia moderna; en el siglo XIX alcanzó la etapa de amplitud de sentimientos y en el XX, su norma es la amplitud de acción” (pp. 137-138). Visto así, el partido liberal conserva una razón suficiente para existir y puede medirse con cualquier adversario que no justifique esa amplitud, pero dentro de la Ley; sin embargo, una cosa es el liberalismo y otra, los liberales; casi todos son de nombre y seguimiento a un jefe, desconociendo la doctrina o ideario. En Colombia no es raro encontrarlos con nombres que corresponden a facciones creadas con intereses particulares: Nuevo Liberalismo, Movimiento Revolucionario Liberal, Cambio Radical, Liberalismo Progresista, Partido de la U.

Pero ¿Podríamos formularnos preguntas, como las siguientes: son ellos la libre expresión de las fuerzas en lucha? ¿Se constituyen y obran para la defensa de una orientación espontánea de esas comunidades? ¿Tienen sus jefes la preparación adecuada a su alta misión representativa y gerente? No, las sectas o grupos señalados son el producto fugaz de apetitos desordenados, la cizaña de esta institución, frutos de la envidia, del despecho y la ambición alocada. Hay grupos que no surgieron para hacer triunfar una ideología, sino un oculto interés inconfesable; los hay que nadie sabría decir por qué se han formado, corrientes desordenadas de la incertidumbre. La mayoría de las veces tienen su gerencia real en instituciones industriales o bancarias, que no están precisamente, interesadas en el triunfo de las ideas.

Han formado ese modelo de hombre político, frecuente en la vida contemporánea: buen hablador, buen escudriñador de las intenciones ajenas, avizor hábil de excepciones reglamentarias que, sin embargo, se ignora a sí mismo, en cuanto conciencia moral y se ríe del prójimo en la intimidad de sus proyectos; para tales grupos, tales hombres. En esa metamorfosis clientelista y electorera, los tradicionalistas se vuelven tolerantes y escépticos, a veces; los progresistas invocan el orden y la seguridad y, aun, abrazan de nuevo la religión.

En teoría, sus dos principios fundamentales son la libertad y la equidad; dicen que la libertad del ciudadano sólo se realiza cuando el hombre alcanza a satisfacer, dentro de la vida social, el conjunto de sus necesidades económicas y sociales; asumen la equidad como igualdad de oportunidades, pero, también, la igualdad de condiciones para aprovechar las oportunidades; al mirar el paisaje liberal colombiano, ninguno de los dos principios ha sido caballo de batalla de sus caciques; durante sus gobiernos los ciudadanos de a pie no han satisfecho sus necesidades básicas y las oportunidades han sido para los de arriba.

Este es el partido y el panorama que heredó Humberto de la Calle, posiblemente, uno de los más grandes constitucionalistas de Colombia y el candidato con mejor perfil para gobernar; respetuoso en sus comentarios, acertado en sus decisiones y con una historia sin dudas o nubarrones que opaquen su trasegar político. Sus logros frente a la paz se han convertido en verdadero obstáculo, como también, la deteriorada imagen del presidente Santos.

Pero, lo más grave de todo, es la soledad que vive al tratar de subir la loma; sus copartidarios buscaron toldas distintas para asegurar el botín y la mermelada; una vez elegidos para el Congreso, se olvidaron del partido que les infló el buche y los otros, agazapados, estrenan partido cada fin de semana. Da grima ver a los payasos del circo tocando carpas ajenas en búsqueda de pistas de arena movediza para poder esconder su disfraz democrático.

La campaña de De la Calle es la premonición de la agonía del Partido Liberal colombiano; me imagino a José Ezequiel Rojas revolcándose en la tumba o tirándole las patas a César Gaviria por su incapacidad para dirigir la colectividad. Como decía mi abuela, nos llevó el que nos trajo.

Fuente: elquindiano.com

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